Puertorriquenos sodomitas, vagos y pendencieros

Puertorriqueños sodomitas, vagos y parejeros

Historiografía de la caracterización española de los puertorriqueños

Léster López Nieves

Últimamente los historiadores han decidido que es hora de desempolvar los mitos responsables de caracterizar a los puertorriqueños y estigmatizarlos con epítetos negativos. En un reciente artículo, Perla Franco cita a la economista Rosario Rivera Negrón, de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, e intenta demostrar que el mito de la dependencia de los boricuas, de las ayudas de Estados Unidos, es una falacia, y plantea todo lo contrario, que la riqueza que EU se lleva de Puerto Rico es mucho mayor, un negocio redondo.[1] Este movimiento también ha sido provocado por los trabajos de Linda Colón Reyes, profesora de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. La recién publicación de la doctora Colón, Sobrevivencia, pobreza y “mantengo”, fue reseñada por Efrén Arroyo en Noticentro de WAPA TV bajo el título La Dra. Linda Colón pretende romper con estos mitos que han estigmatizado al boricua por muchos años.[2] En este reportaje especial se destaca la intención de Colón de educar a los puertorriqueños con datos reveladores, de que no somos tan dependientes como nos pintan los políticos y detractores de nuestra idiosincrasia, que es una especie de mitología usada como un discurso de poder para  rebajar y marginar a los boricuas. Triste es que haya puertorriqueños que asumen estas definiciones, acuñadas por el otro, como ciertas.

El problema es un poco complejo. Desde la llegada de Colón a nuestras tierras a finales del siglo XV, el europeo se ha empeñado en mancillar el carácter de los caribeños para justificar su explotación, destierro, represión, marginación y por ende, extinción. Todos los cronistas españoles, con rara excepción, han repetido, una y otra vez, la caracterización del puertorriqueño, indio, negro y blanco, como vago –entre otras cosas degradantes-, a través de la historia que ellos mismos escribieron. Estos estereotipos son difíciles de desentrañar.  ¿Será verdad que los puertorriqueños somos vagos, degenerados y estúpidos? ¿Será cierto lo que estos cronistas hispanos observaron a través de los tiempos? ¿O será que ellos repitieron tanto, convirtieron estas imágenes en costumbre, y al final, ellos, y nosotros mismos, nos lo creemos? ¿Tendrá la historiografía un efecto sicológico en los pueblos? ¿Podrá el discurso de la historia, al final, definir la realidad? Mi intención es hacer un breve recuento de una selección de pasajes de las crónicas que nos definen como gente, desde Gonzalo Fernández de Oviedo hasta los remansos de esta tradición historiográfica, que se extiende, a mi juicio, hasta el insularismo Antonio S. Pedreira. Oviedo evoca el derecho a la colonización en la Guerra de Granada:

No contentándose aquellos santos príncipes con sola su empresa e conquista santísima que entre las manos tenían, con que dieron fin a la sujeción de todos los moros de las Españas (donde habían estado en despecho y ofensa de los cristianos desde el año de setecientos y veinte que la Virgen parió al Salvador, como muchos autores en conformidad escriben); pero demás de reducir a España toda a nuestra católica religión, propusieron de enviar a buscar este otro Nuevo Mundo a plantarla en él, por no vacar ninguna hora en el servicio de Dios”.[3]

Gonzalo Fernández de Oviedo

Y justifica la colonización del Nuevo Mundo:

Conforme lo que es dicho del salmista David, dice San Gregorio sobre el capítulo dieciséis de Job estas palabras: la Santa Iglesia ha ya predicado en todas las partes del mundo el misterio de nuestra Redención. Así que, estos indios ya tuvieron noticia de la verdad evangélica y no pueden pretender ignorancia en este caso: quédese esto a los teólogos, cuya es esta materia. Pero quiero decir, que puesto que de nuestra santa fe católica hubiese habido noticia los antecesores de estos indios, ya estaba fuera de la memoria de estas gentes; y así fue grandísimo servicio el que a Dios hicieron los Reyes Católicos en el descubrimiento de estas Indias.[4]

En este sentido, puede decirse que a partir de la Conquista, los españoles comienzan a verse a sí mismos como una casta divinizada. En adelante, de los peninsulares descenderían las personas de las altas condiciones sociales sobre los americanos.[5] De esta misma percepción de Oviedo surgen los nuevos prejuicios de raza y clase social, enmarcados en la caracterización española de los nativos. Para razonar el exterminio de los indios, la nueva alcurnia se aferró a la lucha de poderes de las razas.[6] Fue a través del discurso de los cronistas que se cosechó la verborrea que se usa continuamente en la retórica colonialista.[7] El racismo del Nuevo Mundo llegó del Viejo Mundo para someter a sus naciones.

A partir de la Revolución francesa, el discurso racista peninsular se bifurca en contextos socioeconómicos y biológicos. El determinismo de la selección natural hizo su entrada en el panorama político puertorriqueño. Con la aniquilación de los indios, y la abolición de la esclavitud, era cuestión de tiempo; el cese del elemento étnico inferior en Puerto Rico depuraría la raza boricua en la eventualidad, por ser predominantemente caucásica, y se homogeneizaría en una raza mejor. Acerca del racismo biológico, Foucault nos dice que la idea era matar las razas inferiores para que proliferaran las superiores. Dice Foucault:

Esto permitirá decir: “Cuanto más las especies inferiores tiendan a desaparecer, cuantos más individuos anormales sean eliminados, menos degenerados habrá en la especie, y más yo -como individuo, como especie- viviré, seré fuerte y vigoroso y podré proliferar. La muerte del otro -en la medida en que representa mi seguridad personal- no coincide simplemente con mi vida. La muerte del otro, la muerte de la mala raza, de la raza inferior (o del degenerado o del inferior) es lo que hará la vida más sana y más pura.”[8]

Salvador Brau

El autonomista y barbosista, doctor Francisco del Valle Atiles (1852-1917), quien dirigió el Ateneo Puertorriqueño y fuera alcalde de San Juan en 1898, al igual que su correligionario, el historiador oficial de Puerto Rico, Salvador Brau, eran del mismo pensar, determinista y segregacionista. En sus Investigaciones críticas, Brau nos asegura que: “Y confirmo esta apreciación con la del doctor Valle Atiles, que, por ser suya, ha de entrañar una autoridad de que me reconozco exhausto. Dice el ilustrado etnólogo:

A causa del predominio que siempre tuvo y sigue teniendo en Puerto Rico el elemento caucásico, y atentos a los datos que la observación nos suministra, puede asegurarse que la raza negra, no engrosada por la inmigración, está llamada a desaparecer de la isla por fusión dentro de la raza superior que la absorbe, modificándose a su vez. En este cruzamiento que presenciamos, el aniquilamiento de la raza negra no se produce ya porque las enfermedades o el mal trato la hagan y menguar, sino porque la raza blanca renueva constantemente sus representantes, mientras que la abolición de la trata cortó la corriente inmigratoria del negro.[9]

No nos debe sorprender que algunos de nuestros próceres hayan pensado de esta manera si coincidimos en el análisis de Puerto Rico como una sociedad extremadamente clasista. Tampoco debemos ligeramente despachar tales enfoques atribuyéndolo al periodo. El hecho de que el Padre de la Patria puertorriqueña, Betances, reconociera que llevaba sangre africana en sus venas, y de lo cual estaba orgulloso[10], y que el héroe cubano, José Martí, haya aseverado que las razas no existían, porque todos somos humanos[11], nos indica claramente que no es un asunto de épocas sino de mentalidades. En el siglo XVI Shakespeare no era racista, y sobre el Nuevo Mundo nos decía que “nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones… lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres”.[12]

No nos debería asombrar, entonces, que letrados de la talla de Pedreira cayeran en la lista de los infames. ¿Qué intelectual en nuestro Caribe merece admiración si afirma lo siguiente?:

Para contrarrestar su merma y su incapacidad para el trabajo rudo se introduce en la isla por Real Cédula de 1513 el elemento africano; el negro rendía la faena de cuatro hombres y al entrar en nuestra formación racial esta tercera categoría etnológica, se crea, con la esclavitud, uno de los magnos problemas sociales que arrancará más tarde viriles protestas y esfuerzos incansables a nuestra gestante conciencia colectiva. El elemento español funda nuestro pueblo y se funde con las demás razas. De esta fusión parte nuestra con-fusión.[13]

Pedreira es perpetuamente leído, analizado y exaltado en las instituciones de educación superior en Puerto Rico. Quizá porque hay algún elemento intrínseco de su obra que no acabamos de descubrir -¿su independentismo?-, o quizá porque todavía corre fuerte en la academia boricua la idea de una pureza cultural que no debemos compartir con las masas populares. El país de cuatro pisos de José Luis González fue la respuesta contundente al insularismo. González explica una de las grandes razones de la carencia de solidaridad  nacional y negación de la soberanía:

Antonio Pedreira

¿Por qué los puertorriqueños pobres y los puertorriqueños negros han escaseado notoriamente en las filas del independentismo tradicional y han abundado, en cambio, en las del anexionismo populista? El independentismo tradicional suele responder a ésta última pregunta diciendo que los puertorriqueños negros partidarios de la anexión están “enajenados” por el régimen colonial. El razonamiento es el siguiente: si los puertorriqueños negros aspiran a anexarse a una sociedad racista como la norteamericana, esa “aberración” sólo puede explicarse en términos de una enajenación. Pero quienes así razonan ignoran u olvidan una realidad histórica elemental: que la experiencia racial de los puertorriqueños negros no se ha dado dentro de la sociedad norteamericana sino dentro de la sociedad puertorriqueña, es decir, que quienes los han discriminado racialmente en Puerto Rico no han sido los norteamericanos sino los puertorriqueños blancos, muchos de los cuales, además, se enorgullecen de su ascendencia extranjera: española, corsa, mallorquina, etc.”[14]

Foucault explica el poder del discurso en la exclusión o la inclusión social. Para ejercer esta potestad se generaliza y se margina. Históricamente es lo que se ha hecho en torno a las clases populares. Se destacan defectos o impedimentos inherentes a las condiciones humanas de manera condescendiente. Por ejemplo, en el asunto de la moral. Oviedo señala estas peculiaridades:

Porque en la verdad, según afirman todos los que saben estas Indias (o parte de ellas), en ninguna provincia de las islas o de la Tierra Firme, de las que los cristianos han visto hasta ahora, han faltado ni faltan algunos sodomitas, demás de ser todos idólatras, con otros muchos vicios, y tan feos, que muchos de ellos por su torpeza e fealdad no se podrían escuchar sin mucho asco y vergüenza, ni yo los podría escribir, por su mucho número e suciedad. E así debajo de los dos que dije muchas abominaciones e delitos e diversos géneros de culpas hubo en esta gente, demás de ser ingratos e de poca memoria e menos capacidad. [15] Así que, lo que he dicho de esta gente en esta isla y las comarcanas es muy público, y aun en la Tierra Firme, donde muchos de estos indios e indias eran sodomitas, e se sabe que allá lo son muchos de ellos. Y ved en qué grado se precian de tal culpa, que como suelen otras gentes ponerse algunas joyas de oro y de preciosas piedras al cuello, así en algunas partes de estas Indias traían por joyel un hombre sobre otro, en aquel diabólico e nefando acto de Sodoma, hechos de oro de relieve.[16] La lujuria, con las mujeres tenían por gentileza, e con los hombres eran abominables sodomitas.[17] Por manera que se contaron catorce o quince de estos cemíes o ídolos de barro y unos tiestos o cajuelas de barro con pies a manera de braserillos para echar lumbre, que se creyó debía ser para sahumerios a los ídolos ó cemíes que es dicho, porque había en ellos ceniza e tenían incienso o cierta forma de resina que los indios usan para sahumar: e los cristianos que lo fueron a ver, dijeron que habían hallado entre aquellos cemíes o ídolos , dos personas hechas de copey (que es un árbol así llamado), el uno caballero o cabalgando sobre el otro, en figura de aquel abominable y nefando pecado de sodomía, e otro de barro que tenia la natura asida con ambas manos, la cual tenia como circunciso.[18]

Estas insinuaciones de carácter sexual también se encuentran en las notas de Alejandro O’Reilly. En sus Memorias, el Mariscal reprende a sus soldados:

Las dos compañías y dos piquetes que a principios de la última guerra se enviaron a Puerto Rico para refuerzo de la guarnición siguieron muy luego el arraigado ejemplo de estas industrias. Esta última tropa quedó acuartelada, pero cada soldado se arranchó con alguna negra o mulata que llamaba su casera; a ésta entregaba cada uno los cuatro pesos mensuales que recibía de tesorería para su subsistencia; de este dinero comía el soldado, la casera y los hijos si los tenía. ¿Qué fuerzas puede tener un soldado tan mal mantenido? ¿Qué modo de pensar influiría aquel trato? Y ¿qué honor, celo, ni aplicación al servicio se puede esperar de quien vive con tanto abandono espiritual y temporal?[19]

La sexualidad es uno de esos espacios donde se manifiesta el temible poder. Otra manera de ejercer el poder es a través del castigo económico. Se justifica la riqueza con la moral. Se culpa a los pobres de ser vagos. Refiriéndose a criollos del noroeste de Puerto Rico, Abbad y Lasierra anota en su Historia geográfica:

Estos nuevos colonos, faltos de medios para subsistir honestamente, unos se echan a contrabandistas, corsarios y vagos, de que hay muchos en esta parte de la Aguadilla; otros se internan en la isla, se agregan a alguna hacienda y son vecinos inútiles en ella por falta de tierras propias para cultivar.[20]

Esta tendencia, eternizada por la tradición de Oviedo, también es repetida muchas veces en las crónicas. En un discurso de corte determinista, Pedro Tomás de Córdoba se refiere a la región sudeste de la isla. Dice:

…en la riviera del río Daguao, cuyas aguas excelentes y terreno apto para la agricultura, prometía grandes ventajas y utilidades a los nuevos colonos; pero la flojedad y desidia que imprime el clima cálido, húmedo y frágil, los abandonó a una indolencia reprensible; se contentaron con los víveres que voluntariamente les espontaneaba la tierra y abundancia de pescado que ofrece aquella costa, sin dedicarse al cultivo, ni formar establecimiento sólido como convenía.[21]

Córdoba es uno de los cronistas más empecinados en desprestigiar a los puertorriqueños. Con frecuencia se aprovechó del trabajo de Abbad y Lasierra y no escatimaba a la hora de mostrar los peores atributos de los boricuas decimonónicos. De la inteligencia puertorriqueña, decía:

Su desinterés o su desidia los mantenía contentos en esta pobreza, y todo era una imagen perfecta de los primeros tiempos. Pasaban la vida en dormir y fumar metidos en sus hamacas, o sentados de cuclillas sobre los talones: hablaban muy rara vez y se les oía sin contradecirles palabra, ni más contentación que una tácita aprobación de lo dicho: quizá las pocas palabras que gastaban les dispensaron la formación de un código de leyes… Los alimentos necesarios para su subsistencia eran muy contingentes y precarios: no tenían provisiones de víveres; vivían, como los animales de rapiña, pasando grandes necesidades algunas veces y otras con mucha abundancia, según las vicisitudes de su fortuna en la caza, pesca y asaltos. Su voracidad en la abundancia era tan brutal, como su abstinencia rigurosa en tiempo de la escasez.[22]epstein_fig03b

Esas expresiones deben considerarse parte del mismo sentir de las autoridades coloniales, ya que el escritor era secretario de Gobernación. Los peninsulares nunca se identificaron con los puertorriqueños. A pesar de sus oprobios de la cultura boricua, no empero, se empeñaban en conservar el dominio para el usufructo legítimo del sudor de los que les proveían las riquezas, y los isleños, aún a mediados de siglo XIX, mantenían su sumisión incondicional a la autoridad. George Latimer, cónsul estadounidense en la Isla a mediados de siglo, escribió una carta al secretario de Estado de Estados Unidos describiendo el carácter de los puertorriqueños. El diplomático reportó que el pueblo boricua sufre mucho por los grandes impuestos de España que aumentan constantemente, y la llegada del Conde de Reus, quien gobierna con “despotismo militar”, pero añade que los puertorriqueños son tan pacíficos y callados, e ignorantes, que son incapaces de actuar en concierto, y que se someterán a la opresión de los españoles sin resistencia.[23]

Al referirse a Humacao, Córdoba dice que:

En este territorio se coge tabaco, café, arroz, algodón, maíz y demás frutos de la Isla, aunque en corta cantidad, porque la indolencia de los colonos de inclina más a la cría de ganados, por el ningún trabajo ni costo que les trae.[24]

Criticando la razón por la cual no se han erigido ingenios de azúcar en terrenos fecundos, Córdoba atribuye la falta de productividad a la desidia natural de los habitantes como causa verdadera, y que se debe a la facilidad que tienen los puertorriqueños en conseguir sus alimentos.[25] Córdoba continúa implacable:

Todo el país da un golpe que admira y embelesa a la vista; y no es menor el que da a la razón, ver la indiferencia con que los habitantes miran las riquezas que podría rendirles esta tierra, si no fuera tanta su indolencia.[26] La indolencia, más bien que la escasez de medios, reduce la agricultura a las tierras llanas. Algunos colonos por falta de inteligencia, desmontan los bosques en las faldas de las montañas para establecer en ellas sus sementeras, abandonando las vegas a las crías de ganados, disgustados de ver no producen tanto como solían.[27]

Pedro Tomás de Córdova

Y nos lega una carta de presentación no solicitada, pero reveladora:

Dan el nombre de criollos indistintamente a todos los nacidos en la Isla de cualquiera casta, o mezcla de que provengan. A los europeos llaman blancos, o usando de su misma expresión; hombres de la otra banda. Estos no dejan de sentir los efectos del clima; por lo común caen enfermos, pierden parte de la viveza de su color y de la sangre. Con todo, conservan en general el carácter de su espíritu; son más industriosos y aplicados que los criollos. Estos son bien hechos y proporcionados; apenas se ve en toda la isla algún lisiado. Su constitución es delicada, y en todos sus miembros tienen una organización muy fina y suelta, propia de un clima cálido; pero este mismo los hace perezosos, los priva de la viveza regular de las acciones, y del color de su aspecto, que parecen convalecientes: son pausados, taciturnos; están siempre de observación; pero de una imaginación viva para discurrir e imitar cuanto ven; aman la libertad, son desinteresados, usan de la hospitalidad con los forasteros; pero son vanos, e inconstantes en sus gustos.[28]

Incluso después de la gran oleada de inmigrantes europeos que invadió todos los espacios de la Isla en el primer tercio del diecinueve, ilustra que la mayoría de los puertorriqueños sigue siendo manchada:

Los mulatos, de que se compone la mayor parte de la población de esta Isla, son los hijos de blanco y negra. Su color es oscuro desagradable, sus ojos turbios, son altos y bien formados, más fuertes y acostumbrados al trabajo que los blancos criollos, quienes los tratan con desprecio. Entre esta clase de gentes hay muchos expeditos y liberales para discurrir y obrar; se han distinguido en todos tiempos por sus acciones, y son ambiciosos de honor.[29]

Cuando llega al corazón de la raza, es clara su obsesión:

Los negros que hay en esta Isla, unos traídos de las costas de África, otros criollos hijos o descendientes de aquellos sin mezcla de otra casta: los primeros son todos vendidos por esclavos, de los segundos hay muchos libres; con todo no hay cosa más afrentosa en toda la Isla que el ser negro, o descendiente de ellos: un blanco insulta a cualquiera de estos impunemente con las expresiones más vilipendiosas: algunos amos los tratan con un rigor indigno, recreándose en tener siempre levantada la vara de tiranos, de que resultan la infidelidad, deserción y el suicidio; otros los miran con sobrada estimación y cariño, haciéndolos instrumentos de lujo y vanidad… …en fin, privados de todo están condenados a un trabajo continuo, expuestos siempre a experimentar los rigores de un amo codicioso o feroz… …algunos especialmente los de mina, se quitan a sí mismos la vida, persuadidos que van a renacer en su patria, que tienen por el mejor país del mundo: son muy inclinados al baile y a la música y mucho más al otro sexo y a la venganza.”[30]

Sobre los niños nos da una descripción comparable a nuestros días:

La crianza de los hijos es lastimosa, el amor indiscreto que les manifiestan, la ninguna educación que les dan, la mansión continua en los campos, la falta de escuelas, el ningún oficio a que los destinan, los hace desaplicados, independientes de toda subordinación, faltos de instrucción y tan libres, que se separan de sus padres luego que hallan medios de subsistir. El trato frecuente y dominante con las esclavas, el vivir las familias sin separación, la libertad y el influjo del clima, despierta la naturaleza de los jóvenes muy temprano y ansían por casarse antes de saber las primeras obligaciones de cristianos y de ciudadanos. El que tiene cuatro vacas y un pedazo de tierra para mantenerlas, plantar un platanal y sembrar un poco de arroz o de maíz se considera hombre acomodado y con medios sobrados para mantener una familia; y si a esto se agrega la posesión de algún esclavo, y el vivir cerca de algún río o de la mar, el esclavo tiene a su cargo alimentar la indolencia de sus amos, que quedan fumando en las hamacas.[31]

De los pasajes que se leen en los cronistas, y de los cuales he tenido que omitir bastantes, no cabe duda que, o bien nos describen, o bien nos engendran. Es quizá la apreciación del otro lo que en este caso nos ha forjado la idiosincrasia. En otras palabras, para ser lo que somos hoy en día, hemos heredado las ideas que se han formado los otros de nosotros, y no necesariamente los conceptos que propiamente debimos habernos formado de la historia hecha por  nosotros mismos, justamente por no haberla creado, aunque eso quedará en el pasado si seguimos con la tendencia propulsada por Linda Colón. Para finalizar este trabajo, que podría fácilmente extenderse al doble, deberé incluir una última cita de Pedreira. Nos dice el insularista:

El criollo, pues, y el mulato, se han aclimatado perfectamente a nuestro suelo. Este último, que lleva en la sangre resistencia africana, al cruzarse de nuevo con el negro produjo otro tipo intermedio, el grifo, de más recia complexión y atrevimiento que ningún otro producto etnológico puertorriqueño y que ha ido adueñándose de las faenas rudas de nuestras costas y centrales. Vivaz y activo, predominan en él la fuerza del negro y la inteligencia del blanco, nunca bien balanceadas. Cuando en esas rachas de bilis oímos a alguien la frase tan común de “grifo parejero” van subrayadas en el insulto ambas características.[32]

José Luis González

Definitivamente, Pedreira tenía un serio problema con la diversidad humana.

Extraño no es, por cierto, que a pesar de tanta crítica a la indolencia boricua, era justamente de esto que se beneficiaba el peninsular, de su trabajo. Es muy probable que todo se tratara de una queja conveniente y oportuna, el uso del discurso para ejercer un poder de capataz, para presionar a que se trabajara más fuerte, sin descanso, hasta la muerte, para disfrutar mayores dividendos. Pero la pregunta persiste: ¿es el puertorriqueño vago de verdad, o es así que lo describe la historiografía del español? ¿O sería una conducta lógica, como forma de resistencia, debido a la explotación, ser vagos? ¿Somos vagos porque nos rehusamos a someternos a la explotación del blanco? ¿Por qué entonces permitimos que vengan extranjeros a emplearnos y explotarnos infinitamente en nuestra patria? ¿Por qué siguen tachándonos de vagos? Hay muchas preguntas que contestar.

Bibliografía

Abbad y Lasierra, Íñigo. Historia geográfica, civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico. San Juan: Imprenta y Librería de Acosta, 1866.

Arroyo, Efrén. «Puertorriqueño: vago y mantenido.» WAPA.TV. s.f. http://www.wapa.tv/noticias/especiales/puertorriqueno–vago-y-mantenido_20110410185215.html (último acceso: mayo de 2012).

Baerga, María del Carmen. «Los avatares de la blancura: Betances y la historiografía del siglo XX.» 80grados.net. septiembre de 2011. http://www.80grados.net/2011/09/los-avatares-de-la-blancura-betances-y-lahistoriografia-del-siglo-xx/ (último acceso: mayo de 2012).

Brau, Salvador. Puerto Rico y su historia: investigaciones críticas. Valencia: Imprenta de Francisco Vives Mora, 1894.

Centro de Investigaciones Históricas. Despachos de los cónsules norteamericanos en Puerto Rico (1818-1868). San Juan: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1982.

Córdoba, Pedro Tomás de. Memoria sobre todos los ramos de la Administración de la isla de Puerto Rico. Madrid: Imprenta de Yenes, 1838.

—. Memorias geográficas, históricas, económicas y estadísticas de la Isla de Puerto Rico. San Juan: Oficina del Gobierno, 1831-1833.

El Circo de La Mega, Boricuazo. Boricuazo en El Circo de La Mega 17/2/12 . 17 de febrero de 2012. http://www.youtube.com/watch?v=4Kdvw7Ab4uM (último acceso: mayo de 2012).

Fernández Retamar, Roberto. Calibán. La Habana: Cubadebate, 1993.

Foucault, Michel. «El orden del discurso.» L’ordre du discours, 1970. Traducido por Alberto González Troyano. Buenos Aires: Tusquets Editores, 1992.

—. Genealogía del racismo. Traducido por Alfredo Tzveibel. La Plata: Editorial Altamira, 1975.

Franco, Perla. «El mito de la dependencia.» Claridad, El Periódico de la Nación Puertorriqueña, 1 de abril de 2012.

González, José Luis. El país de cuatro pisos y otros ensayos. San Juan: Ediciones Huracán, 1980.

Instituto de Literatura Puertorriqueña. Memoria de D. Alexandro O’Reilly sobre la Isla de Puerto Rico. San Juan: Biblioteca Histórica de Puerto Rico, 1945.

López Cantos, Ángel. «El gaditano Pedro Tomás de Córdova, autor del “Triunfo del trono y lealtad puertorriqueña”, primera pieza teatral editada en Puerto Rico (1824). Estudio socio-político.» En Andalucía y América en el Siglo XIX: Actas de Las V Jornadas de Andalucía y América, de José Hernández Palomo, 361-383. Sevilla: Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1986 .

Oviedo, Gonzalo Fernández de. Historia general y natural de las Indias, islas y Tierra Firme del Mar Océano. Madrid: Real Academia de la Historia, 1851.

Pedreira, Antonio S. Insularismo: ensayos de interpretación puertorriqueña. San Juan: Biblioteca de Autores Puertorriqueños, 1957.


[1] (Franco 2012)

[2] (Arroyo s.f.)

[3] (Oviedo 1851, 20)

[4] (Ibid., 29)

[5] (Foucault 1975, 87)

[6] (Ibíd., 116-118)

[7] (Ibíd., 55)

[8] (Ibíd., 206)

[9] (Brau 1894, 360)

[10] (Baerga 2011)

[11] (Fernández Retamar 1993, 76)

[12] (Ibíd., 26)

[13] (Pedreira 1957, 21-22)

[14] (González 1980, 12)

[15] (Oviedo 1851, 72)

[16] (Ibíd., 133)

[17] (Ibíd., 499-500)

[18] (Ibíd., 533)

[19] (Instituto de Literatura Puertorriqueña 1945, 9)

[20] (Abbad y Lasierra 1866, 243)

[21] (Córdoba 1838, 66-67)

[22] (Córdoba 1831-1833, 77)

[23] (Centro de Investigaciones Históricas 1982, 213)

[24] (Córdoba 1838, 106)

[25] (Ibíd., 116)

[26] (Córdoba, Ibíd., 125)

[27] (Ibíd., 157)

[28] (Ibíd., 177)

[29] (Ibíd., 178)

[30] (Córdoba, Ibíd., 178-179)

[31] (Ibíd., 184)

[32] (Pedreira 1957, 26)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: